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Acciones de monitoreo

El agua insiste

Paraná se emplaza sobre alrededor de 20 cuencas hidrográficas. Los arroyos que la surcan han sido históricamente intervenidos, contaminados e invisibilizados en sucesivas gestiones municipales. El efecto está a la vista: gran parte de la ciudadanía desconoce el territorio que habita. Este es un informe especial, que a la vez que descubre algunas de las particularidades de los arroyos paranaenses, muestra su tensión intrínseca con las formas de concebir la ciudad.

Una producción de la Revista Charco para Fundación CAUCE. Texto de Ana Cornejo. Fotos de Sergio Otero. Realización audiovisual de Floriana Lazzaneo. 

Principio de mes significa hacerse un ovillo de pendientes en la cabeza. Trámites, colas, facturas que hay que pagar, llenas de texto en diferentes tamaños y tipografías, códigos y números, jeroglíficos para el ojo inexperto. Entre tanta información pasa desapercibido nada más ni nada menos que un arroyo: aunque nunca reparaste en eso, la tasa de servicios sanitarios te dice la cuenca a la que pertenece tu casa.

¿Qué imaginamos cuando hablamos de una ciudad? ¿Son sus calles, sus edificios, sus luces, su ruido, su olor, su densa población? ¿Está noción es algo dado o producido y reproducido? ¿Quién dice que una ciudad no puede ser otra? Son preguntas que desbordan de las grietas que se abren al habitar la urbanidad, al notar el predominio del gris por sobre el verde, del progreso sobre el atraso, de lo productivo sobre “lo inútil”.

La rutina urbana que adiestra y automatiza la mirada tiende a que dejemos de hacernos preguntas que motorizan la infancia. Cuestionarse existencialmente todo y no aceptar un porque sí, prestando atención a lo que nos rodea. Andar por la calle se vuelve un acto descontextualizado, ajeno, sin identidad. La pregunta regresa: ¿qué ciudad estamos imaginando?

Siguiendo la carrera urbanizadora de los siglos XIX y XX (que las provincias corren con cordones desatados), Paraná fue consolidándose como capital entrerriana y su expansión implicó que las cuencas hídricas que dan forma al territorio cedan ante el cemento, sin tenerse en cuenta la topografía ondulante y la vasta red de arroyos que la atraviesan. 

Los entornos naturales han sido intervenidos con numerosos proyectos (o no tan proyectados) urbanísticos entre las distintas gestiones estatales, dando como resultado una clara escisión entre la ciudad y sus arroyos, traducida no solo en la invisibilización de los cursos de agua y en la interrupción de los corredores biológicos, sino también en el desconocimiento de gran parte de la población de que la naturaleza es un aspecto fundamental del territorio.

Según la Ordenanza Municipal 9.668, las cuencas hidrográficas son unidades territoriales indivisibles de análisis, planificación y gestión, impuestas por la geografía en nuestra ciudad y por lo tanto determinan la obligación de su estudio integral para la realización de la planificación del desarrollo territorial. En Paraná tenemos al Antoñico, La Santiagueña, Las Viejas-Colorado, Las Piedras, Las Tunas, Tuyucuá, Manga, Horqueta, Nuevo, Del Yeso, Uzín, Saucesito, Cazuelas, Los Berros, Sauce Grande, Del Tala, Los Anegadizos, La Portland, Bajada Grande y Bañados del Oeste.

Mientras que las cuencas son los territorios con un mismo sistema de drenaje natural y estamos literalmente sobre ellas, los arroyos son los cauces fluviales que, como las venas en el cuerpo, se ramifican y transportan el agua para garantizar el funcionamiento natural del ecosistema. 

Al haber sido históricamente negados y devaluados, hoy muchos de ellos no son visibles o accesibles, están entubados y sufren severa contaminación. Un reflejo del paradigma que sostiene la idea de naturaleza como un obstáculo para el desarrollo.

 

Un marco normativo desde donde partir

“Todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras; y tienen el deber de preservarlo”, dicta la Constitución Nacional en su Artículo 41, también replicado por la de Entre Ríos.

Nuestra provincia tuvo su primer precedente en legislación que proteja los arroyos en 1998 con la sanción de la Ley Provincial 9.172 de Aprovechamiento de Cursos de Agua Subterránea y Superficial, que se complementó en 2006 con la Ley 9.757 de Comités de Cuencas y Consorcios del Agua.

En Paraná, la primera y única cuenca en conformar su propio comité hasta el momento es La Santiagueña, a partir del Decreto Municipal 363 del 10 de marzo de 2017. 

Esta política pública se instituyó de manera integral con la Ordenanza Municipal 9.668 de Cuencas Hidrográficas, sancionada el 18 de diciembre de 2017 y promulgada el 19 de febrero de 2018 a través del Decreto 234. Reconoce la particular geografía en la que se emplaza la ciudad, distingue los múltiples arroyos que la atraviesan y determina la división de la ciudad en cuencas hidrográficas. También fomenta la creación de comités de cuencas, integrados por personal técnico municipal y por personas y organizaciones de la sociedad civil. 

En 2019, a través de la Ordenanza 9.815 se modificó el artículo 7 para incorporar “1 (un/a) representante por cada bloque político integrante del Honorable Concejo Deliberante” al área técnica de los comités de cuencas, junto a profesionales universitarios, representantes de distintas reparticiones municipales afines y con competencia en la temática.

Los comités de cuencas son herramientas fundamentales para garantizar la participación ciudadana, junto a representantes estatales, para la gestión de las cuencas hidrográficas y su corredor biológico y de toda actividad humana de intervención dentro de sus límites territoriales.

“La Ordenanza va en un camino distinto del accionar porque no es promovida. Pero es la principal herramienta de la democracia ambiental con la que cuenta la ciudadanía. También hay otras como el acceso a la información, instancias de participación ciudadana y, como última instancia, el acceso a la justicia”, afirma Joel de Souza, integrante de la Fundación Cauce.

 

Las Viejas, arroyo de plástico

Las Viejas es una de las cuencas más importantes de la ciudad. La recorre de sureste a norte, desembocando en el Paraná por el balneario Thompson. Está conformada por los arroyos Colorado y Culantrillo, que al unirse por calle Gobernador Manuel Crespo forman al arroyo Las Viejas. 

Se encuentra completamente urbanizada, con entubamientos, asentamientos en sus márgenes, alcantarillas, drenajes pluviales y puentes. Se observan problemáticas como desmoronamientos, desbordes, acumulación de basura y presencia de alimañas. Los distintos tramos a cielo abierto dejan ver la panorámica más común en las aguas de la ciudad: la contaminación por desechos de todo tipo. 

Actualmente, se está ejecutando la obra de “Sistematización y Saneamiento del Arroyo Las Viejas”, que busca sanear el tramo del Thompson para que la playa pueda ser habilitada y acondicionar los terrenos que se pretenden utilizar para la construcción de la nueva terminal de ómnibus. Incluye rejas de desbaste, sedimentador, filtro biológico y la extensión de la red cloacal para alcanzar algunas viviendas que descargan sus efluentes en el arroyo.

Tal como se informa en el sitio web de la Municipalidad, se plantea el saneamiento como dos grandes intervenciones. Por un lado, “la sistematización del arroyo para evacuar los excedentes pluviales provenientes de las 1200 hectáreas de aporte que tiene la cuenca, cuya obra de conducción consiste en un canal trapecial a cielo abierto revestido en hormigón armado”. Por otro, “un sistema de rejas de desbaste para los residuos sólidos urbanos arrastrados en las crecidas, un sistema de sedimentación de sólidos y un filtro biológico para bajar los niveles de contaminación del agua previa a la descarga en el río”

Sin embargo, en el proyecto no se habla de canalización, a pesar de que se planifica que el lecho y las barrancas del arroyo sean de hormigón, interfiriendo en el desarrollo natural del ecosistema y modificando la morfología del arroyo. En su lugar, tendremos un canal artificial de agua, un no-arroyo.

Fue cuestionado por distintos actores del ambientalismo, con un amparo presentado por la Fundación Cauce, cuya medida cautelar buscaba suspender la ejecución de la obra (medida rechazada por el juez de feria), hasta que el Municipio lo rediseñe, a fin de evitar o minimizar el impacto ambiental; a generarse concretamente por la canalización a cielo abierto de 1.600 metros del arroyo. Además, se solicitó un estudio de impacto ambiental acumulativo sobre la cuenca, que cumpla con las instancias de información y participación ciudadana.

Martín Blettler es investigador del CONICET, radicado en el Instituto Nacional de Limnología (INALI, CONICET-UNL). Fue premiado por la Fundación Alexander von Humboldt de Alemania con la Beca Georg Foster para realizar un proyecto que busca comprender los mecanismos de retención y removilización de plásticos en los ríos.

Sentado en el puente que une el Thompson con el Club Náutico y por donde pasa el último tramo de Las Viejas, comparte un poco de su formación y qué está pasando en esta cuenca.

Hace énfasis en la necesidad de tomar decisiones en base a datos científicos. “No depende de las ganas de hacer las cosas, sino de información concreta, de saber interpretarla y actuar en consecuencia, con el menor costo económico y la mayor celeridad en la respuesta positiva que se busca en el ambiente. Ese es el rol social y ambiental de los investigadores”, resalta. 

Blettler señala en el agua los rápidos que se forman con la basura acumulada, un fenómeno que se ve de forma natural con rocas en ríos de montaña, dando cuenta de que la morfología se modifica a partir de la intervención humana. “El entubamiento consiste en una tubería gigante en la que el agua y la basura confluyen y que acaba con todo”, sentencia.

El investigador aclara que en limnología se refieren indistintamente a ríos y arroyos, ya que la diferencia es de caudal. En ambos casos, se puede encontrar muestras suficientes del material que les interesaba investigar: “Comenzamos con la idea de trabajar sobre contaminación por plásticos y por residuos sólidos urbanos (RSU) en mi laboratorio, en 2017. Primero lo hicimos en la laguna Setúbal en Santa Fe. Luego trasladamos esos objetivos y proyectos a sectores del Paraná”.

En cuanto a la situación con la que se encontraron, destaca: “Hay contaminación de muchos tipos según cómo se mide. En cuanto a RSU, en Las Viejas nos encontramos con mucha mayor cantidad de la que esperábamos. Se puede decir que estamos en una situación dramática”. También cuenta que en un estudio, que fue publicado en 2019, encontraron en la playa del Thompson concentraciones extremadamente altas de macroplásticos (mayores de 25 mm.) y microplásticos (menores de 5 mm.) que son ingeridos por peces y aves y quedan alojados en su tracto intestinal, siendo algunas especies ictícolas muy comercializadas para el consumo humano, como el sábalo. 

Blettler detalla el orden de responsabilidades en relación a este tipo de contaminación: “Esto no ocurre porque alguien vino y tiró un papelito. Los comportamientos individuales pueden mejorar la situación, pero en una escala mayor hay una deficiencia municipal, indistintamente de algún gobierno en particular. Allí están las herramientas para cortar el flujo de RSU, si bien hay una multiplicidad de factores, como el costo económico. Pero es momento de asumirlos”. 

En un rango mayor, sitúa a las empresas multinacionales: “Deciden cómo empacar sus productos, generalmente con plásticos descartables y no biodegradables, y nosotros pagamos las consecuencias. Pero esta contaminación tiene una suerte de ventaja por sobre otras: los residuos tienen inscripta la marca de los grandes responsables”.

 

La tierra cede

Antes de llegar a avenida Don Bosco, cerca de la Escuela Hogar Eva Perón, el arroyo Colorado deja ver un paisaje de pequeñas barrancas cubiertas de basura. Esa imagen cambia totalmente a una cuadra, cuando bordea la calle Cabildo Abierto.

El agua sobre suelo pétreo se ve casi transparente, empieza a darle lugar a lo boscoso, hasta una cascada que da a una olla para luego seguir su curso. Al cerrar los ojos, oír los saltos y sentir la pureza del aire, es posible imaginarse en un río cordobés o en las Cataratas del Iguazú. Pero el arroyo está en el medio de Paraná, oculto a la vista del común de su gente. 

A causa del entubamiento en tramos superiores, el cauce corre con mucha fuerza y la tierra cede poco a poco. 12 casas que se encuentran a la vera del arroyo se están derrumbando: desde 2007 a la fecha se han desmoronado varios metros cuadrados de tierra y vecinas y vecinos han perdido patios, ambientes y, por ende, parte de sus vidas. Se trata de un barrio construido por el Banco Hipotecario en la década del 60, en cuyo loteo se rellenó parte del terreno lindante al arroyo para emplazar las 12 viviendas que ya estaban vendidas.

Ante esta problemática, en numerosas ocasiones se ha solicitado intervención al Estado y, cuando hubo respuestas, quedaron en ideas, propuestas, proyectos inconclusos y acciones paliativas.

Una medida que consideran necesaria es que se les brinden viviendas en otro lugar, y que sean de la misma calidad que las que pagaron en su momento. Ni en el Municipio ni en la Comisión Vecinal se han hecho eco del reclamo para encontrar una solución.

Patricia Sabre vive en San Benito, pero siempre que puede va a Cabildo Abierto, preocupada por su madre y aún con el horror en la mira: en 2018 apareció una grieta que dividió la casa. “Después de llegar y encontrar la habitación en el aire, mi padre empezó a golpear puertas y desde la gestión municipal le sugirieron invertir sus ahorros para rellenar con escombros. Volvió con la cara colorada. Llegamos a la conclusión de que corríamos riesgo de que todas nuestras viviendas se cayeran, y también la cuadra de arriba. Del disgusto, se descompensó, entró a terapia y falleció a los cuatro días”, rememora con angustia.

Patricia cuenta que era un barrio joven cuando su familia llegó en 1982, conformado por trabajadores de la fábrica de alpargatas “Llave”. “Atrás de mi casa, además de los yuyos y árboles, estaba lleno de basura, y mi mamá pidió al municipio limpiar y parquizar el terreno. Le cedieron la escritura para tener un ambiente compartido agradable por esta zona. Pero luego el terreno se empezó a venir abajo”, expresa.

La familia perdió unos 40 metros de lo que era el fondo de su casa, y al día de hoy se pregunta si el arroyo ha erosionado los cimientos de la vivienda y sigue derrumbando la estructura. “Con la gran lluvia a principios de año, se fueron tres metros más y tuvimos que hacer una construcción para darle calidad de vida a mi madre, porque era levantarse y encontrarse con una pared menos de su casa”, afirma.

La mujer narra la constante lucha, dedicada a su padre, que ha sido alzar la voz y encontrar recepción para dar con una solución definitiva. “Tras la primera caída, la Municipalidad hizo un trabajo escalonado con tachos de cemento para contener la tierra desde la base del arroyo hasta la altura de la casa. Por un tiempo evitó movimientos, pero el curso de agua terminó arrastrando todo lo que había”.

Con el derrumbe del 2018, “la gestión municipal rellenó con tierra, pero el terreno empezó a ceder del otro lado del arroyo y ahora están en la misma situación que acá. Nos dijeron que desalojemos, pero no a dónde. Además, son casas que pagamos, vendidas por el Banco Hipotecario, y corren riesgo de ser usurpadas si las dejamos”, dice.

Además, cuenta que desde la gestión actual la recibieron con el presidente de la Comisión Vecinal y les mostraron “un proyecto grandioso para que nuestras casas se sostengan y se conserve el paisaje. Pero hasta el día de hoy no nos volvieron a recibir ni tuvimos novedades, solo que se hizo un estudio profundo de esta tierra y el presupuesto que pasaron superaba lo que la Municipalidad podía conseguir de créditos internacionales”.

Este año, junto a demás personas del barrio que se movilizan por la causa, se presentaron en la Defensoría del Pueblo, pero aún no han recibido respuesta. “Soy yo quien llama a mi mamá cada vez que llueve fuerte y su vida corre peligro. En este momento estamos para cuidarnos y sostenernos, más no podemos hacer”, asegura.

José Rojas, integrante de la Fundación Cauce, analiza la situación a partir de la falta de un comité en la Cuenca Las Viejas-Colorado que ampare a sus vecinas y vecinos. “Se está buscando financiamiento para hacer obras aguas abajo, en Las Viejas, pero no se está dando solución a los desmoronamientos de acá. Primero se necesita hacer una contención a las casas de los vecinos, y luego brindarle un tratamiento amigable al arroyo”, afirma.

Asimismo, vincula el desbarrancamiento con la no planificación sistemática de la cuenca: “Hace falta una visión integral para las cuencas que aún no han sido muy urbanizadas y darle un aprovechamiento turístico, con senderos y parques lineales”. Considera que el desmoronamiento es causa del entubamiento a la altura del barrio Paraná XIV y que, precisamente, si el arroyo tuviera un flujo natural, la misma vegetación iría frenando la velocidad del agua y los árboles sostendrían el suelo.

 

La Santiagueña y el salto de una tribu

Si bien la intervención humana es un factor común entre los distintos arroyos, La Santiagueña es el que más ha sido atravesado por la urbanización céntrica de Paraná, al punto de que su único tramo a cielo abierto se encuentra desde calle Nogoyá hasta avenida Laurencena. 

Es también un arroyo que pasa junto al Parque Berduc. En estos días se lleva adelante una obra de ampliación de la pista de atletismo de alto rendimiento que afectó directamente a La Santiagueña, principalmente por el desmonte y el movimiento de suelos provocado. Una intervención sin estudio de impacto ambiental, información pública, mecanismos de participación ciudadana ni un proyecto consensuado con quienes desde hace años, a pulmón, mantienen vivo un pulmón verde de la ciudad. Sobre la barranca desmontada se construirá un talud y un muro de contención lindante al arroyo. 

Cuando Juan Manuel Pauletti –vecino e iniciador de lo que sería La Tribu del Salto– era chico, las orillas del arroyo eran su patio de juegos. Fue testigo de cómo el paisaje cambió con los años, pasando de ser un pulmón de la ciudad a un tiradero de basura y desechos cloacales, que cuando llueve hace que el hedor se apropie del aire. 

En 2011, la vecindad se movilizó por la situación ambiental crítica del arroyo empezaron a organizarse y lograron limpiar las barrancas por su cuenta hasta devolverle el aspecto selvático que solía tener tiempo atrás. De esa experiencia reconocida como proceso de aprendizaje nació La Tribu del Salto, una asociación civil que trabaja por el bienestar de La Santiagueña. 

Lo que empezó siendo un esfuerzo voluntario por quitar la basura se fue convirtiendo en un espacio social, cultural y educativo que piensa en una genuina integración de la cuenca hídrica con la vida de la comunidad. De ahí surgió el proyecto Aulas Verdes, que consiste en regenerar y proteger el tramo a cielo abierto del arroyo para transformarlo en un espacio educativo que propague una conciencia ambiental responsable.

Aulas Verdes se trata de un micro abordaje de la problemática de los arroyos. El macro es denominado Cuenca Modelo, y contempla aplicar un análisis, planificación y gestión por cuencas desde la óptica ambiental urbana, integrando las funciones de los corredores biológicos con la ciudad.

Con el fin de crecer, formalizarse y volverse una propuesta más colectiva, el movimiento se unió a la Fundación Puente a la vida, la cual asume la misión de sistematizar y representar en la sociedad la visión socioambiental que es plasmada por La Tribu en sus proyectos autogestivos.

La asociación civil busca insertar el concepto de cuenca como puerta al modelo de ecogestión para trabajar de manera articulada entre el Estado y la sociedad civil organizada (vecinales, organizaciones, colegios de profesionales, fundaciones, asambleas o personas autoconvocadas).

Rubén Alcaín es miembro de La Tribu casi desde sus inicios, uniéndose no como vecino sino como ciudadano interpelado por esta experiencia. En la visita al arroyo, nos guía por los caminos naturales que de pronto se vuelven un laberinto de subidas y bajadas. Nos envuelve la sombra de los árboles y los sonidos de un lugar vivo. Un monte en medio de la ciudad. 

Rubén explora, se vuelve un tarzán al dar saltos, nos comparte consejos. De golpe, agarra la rama seca de un árbol y la quiebra con facilidad, afirmando que tiene un doble beneficio: para hacer fuego y para que el árbol crezca sano.

“La ciudad históricamente fue considerada como una tabla. Se fueron loteando zonas donde con lluvias torrenciales se producen inundaciones, y con los muros de contención se pasa el problema al vecino. No hacen falta más obras, ya hay obras mal hechas, los entubamientos se van rompiendo. Es necesario dejar de interrumpir el rumbo del agua y que la naturaleza nos pueda brindar sus servicios, como la purificación del agua”, explica.

Rubén cuenta que Juan Manuel un día ya no pudo seguir jugando en el arroyo porque cuando metía sus pies al agua ya no los veía. Tras un viaje, luego de ver que otros arroyos en Misiones estaban en estado puro, empezó a organizarse con un grupo de chicos del barrio para empezar a limpiar La Santiagueña.

“Cuando uno trabaja en beneficio de la naturaleza, aprende cosas, y cuando nos alejamos de ella nos volvemos ignorantes. La Tribu del Salto ha sido una universidad para mí”, afirma.

Además, el ambientalista reflexiona sobre el sostenimiento del trabajo que han realizado en todos estos años. A pesar de ser intervenido, previamente el espacio fue declarado paisaje protegido por la Ordenanza 7.961, y se busca que sea integrado al Sistema Provincial de Áreas Naturales Protegidas. “Hasta ahora hemos hecho todo solos, queremos que el Estado se empiece a hacer cargo. Por eso proponemos que este espacio sea declarado reserva natural urbana y que tenga un plan de manejo”.

 

Vivía solo, miraba el tren

Un arroyo, muchos nombres. Fue llamado De Lanches, posiblemente por el marino Luis Lanches que, sirviendo a Corrientes como corsario, bloqueó más de una vez a Paraná y Santa Fe en 1815. También Del Salto por los viajeros científicos del siglo XIX, debido a que se cree que en esa época presentaba una caída a la altura del ex Frigorífico Municipal en el barrio La Floresta Sur. Por el que se lo conoce actualmente proviene de Antonio Rodríguez, quien tenía una fábrica de ladrillos en las costas de su curso.

Tal como fue indagado por Cauce, el Antoñico es el afluente del río Paraná más importante de la ciudad porque la atraviesa de sudeste a noroeste, luego va hacia el norte y desemboca por Puerto Viejo, de manera paralela al ramal del ferrocarril General Justo José de Urquiza, haciendo una distancia aproximada de seis kilómetros. 

La cuenca tiene una superficie de unos 18,2 kilómetros cuadrados, la cual está urbanizada en su totalidad. Esto se traduce en un arroyo que pasó de tener aguas cristalinas a aguas servidas y basura. También en problemas sociales para los sectores cercanos al cauce, como el traslado de viviendas y la rectificación del tejido interno de las calles y pasajes.

Por Miguel David y Rancillac se encuentra el único tramo del arroyo accesible del barrio Santa Lucía, justo antes del entubamiento para pasar bajo Miguel David hasta División de los Andes. Las vías marcan el intento humano de seguir el paso del agua.

Alicia Glauser anda todo el día de acá para allá con la juventud en sus pies y una mente bien despierta, que hace mover y despertar otras. Es la presidenta de la Comisión Vecinal del Barrio Santa Lucía, a la cual pertenece hace 38 años, y referente de la Asamblea Ciudadana Vecinalista de Paraná, fundada en 1997.

Declara que en la Asamblea se toman todos los temas de la ciudad, incluidos los arroyos: “Somos luchadores eternos en la defensa de los derechos ciudadanos”.

Cuando Alicia llegó al barrio, “hace cuarentipico de años, era una zona libre y llena de árboles, todo era monte. Los chicos venían al arroyo a pescar mojarritas, el agua era transparente. Con los asentamientos empezó el drama del arroyo, y hoy lo vemos terriblemente mal. La naturaleza que gozaba el arroyo cuando vivía solo se transformó en lo que hoy vemos”, afirma.

Cuenta que el entubado se hizo hace unos diez años para solucionar problemas del establecimiento de viviendas, como las inundaciones por lluvias. Sin embargo, considera que los arroyos deberían correr libres y limpios, “ser un oasis en el que la gente se acerque a la arboleda y se beneficie de la naturaleza”.

Alicia remarca que no se tiene respuesta de nadie para hacer el saneamiento, e incluso que se usa el arroyo para volcar desechos cloacales, cuando las casas ya tienen instalaciones en sus calles.

“El Estado no hizo más que entubarlo. En la Asamblea se habla mucho de los distintos arroyos que están igual. Así que lo hemos tratado con la Dirección de Participación Ciudadana, pero no tenemos esperanza de que comience una solución. Ahora lo único que queremos es que se lo limpie, no esperamos otra cosa”, dice.

La vecina reafirma la necesidad de que se priorice la protección del ambiente. “Es lo más importante que tiene el mundo y no se lo cuida, se prioriza construir edificios altos y privatizar espacios públicos de la costa. Supongo que pesa más la economía, porque estar respirando estas aguas con olores nauseabundos es un atentado contra la salud”.

 

Las Piedras y Las Tunas entre industrias

El agua avanza en busca de hacerse una con el río y su libertad, pero se estanca, se enverdece, la vida se paraliza y muere en lentitud. Del otro lado, una fábrica.

De todas las cuencas hídricas de Paraná, las más problemáticas en cuanto a contaminación son Las Piedras y Las Tunas en su intersección con una zona donde se concentran las principales industrias que se desarrollan en la ciudad. 

Las Piedras se encuentra en el sureste de la ciudad, al límite con San Benito y está atravesada por el Parque Industrial General Belgrano. Ocupa una superficie de 13 kilómetros cuadrados, de la que un 60% está urbanizada. 

En el Parque Industrial hay 30 empresas de distintos rubros: industrias alimenticias, farmacéuticas, de plásticos, de cartón, de pinturas, entre otras. Algunas icónicas son Petropack S.A., Cartocor S.A. y Lafedar S.A. 

La única planta de tratamiento de efluentes que tiene el Parque –que, en realidad, no es tal sino un estanque– está inutilizada desde los años 80 y, actualmente, se desarrollan emprendimientos ladrilleros a su alrededor. Además, se trata de la zona de mayor intervención, ya que se hicieron alcantarillas para la construcción del establecimiento y la ruta 12 sobre el arroyo.

“Este arroyo recibe efluentes cloacales e industriales que tienen mucha carga orgánica que puede ser toxicológica. Lo que más vemos son RSU, probablemente arrastrados aguas arribas por las lluvias desde los cordones cuneta de la ciudad”, expresa Erika Comar, ingeniera ambiental.

Erika es promotora de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, ha trabajado haciendo asesoría y promoción ambiental en empresas y programas estatales y actualmente trabaja en el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación. Como integrante de la Fundación Cauce, ha diagnosticado la gestión que se tuvo de las aguas de Las Piedras a través del tiempo.

“El arroyo no llega a autodepurarse, proceso para el que es importante que esté a cielo abierto y la vegetación ayude a filtrar contaminantes. También se va perdiendo la biodiversidad porque muchas especies no sobreviven, y si hay otras que se alimentan de ellas también se pierden. Además, si bien el suelo hace de filtro, hay contaminación que llega a las napas”, afirma.

La ingeniera ambiental explica que, al entrar al Parque Industrial, las empresas empiezan a ganarle terreno al arroyo de manera inestable, “sin una técnica constructiva, tirando tierra, escombros y residuos”.

“Tenemos normativa a nivel local y provincial que no se está cumpliendo, no se hacen los controles adecuados de los efluentes industriales y cloacales”, dice Erika.

Si seguimos su curso, llegamos al arroyo Las Tunas, señalado en la ruta 12 con un cartel por donde pasan vehículos a toda velocidad, y con un monolito que recuerda que allí se libró la batalla entre las fuerzas de Ramírez y Artigas en 1820. Luego conecta con el arroyo Las Conchas para finalmente desembocar en el Paraná.

La presencia de industrias en su lecho es más que preocupante. Según el Ordenamiento Territorial de Bosques Nativos, establecido con la Ley Nacional 26.331 de Bosques, la zona pertenece a la categoría roja, que son los sectores de más alto valor de conservación y que no deben transformarse.

“Además del Parque, Las Tunas recibe efluentes de Colonia Avellaneda y San Benito que no están siendo tratados. El Consejo Federal de Inversiones hizo un estudio para la realización de una nueva planta de tratamiento de efluentes, pero en base a estimaciones y mediciones, porque no existen datos sobre lo que se vuelca al arroyo”, afirma José Rojas.

El integrante de Cauce dice que, al haber una gran variedad de industrias en la zona, hay distintos tipos de efluentes y que sería difícil tratarlos con una sola planta. “La normativa exige que cada industria haga un pretratamiento de los efluentes y luego los vuelquen a una planta común con parámetros que pueda controlar. Y ésta debe estar hecha en base a datos experimentales, no teóricos”, sintetiza.

 

Cultura ambiental, causa ecologista

La Fundación CAUCE: Cultura Ambiental – Causa Ecologista es una ONG paranaense que surgió en 2018 con el objetivo de avanzar hacia ciudades sustentables donde poder ejercer, con plena conciencia, una ética del cuidado que contemple los derechos humanos y los derechos de la naturaleza. 

Uno de los programas de la fundación tiene como eje las cuencas hidrográficas de la ciudad. “Al ser ciudadano de acá desde hace mucho, enterarte que Paraná está emplazada sobre alrededor de 20 cuencas, te choca”, asegura Joel de Souza, uno de sus integrantes.

La fundación ha hecho un arduo trabajo de relevamiento de las distintas cuencas, considerando información geográfica y situacional, documentos, proyectos y vecinales que atraviesan. “Fuimos conociendo que la ciudad tiene un montón de paisajes escondidos y lindos sobre los que se han aplicado obras que los destruyen, cuando podrían estar integrados y ser espacios de recreación para cualquier persona. Se debe volver a reconocer la identidad de los arroyos”, expresa.

Joel deja en claro que, como se suele decir en ciencias sociales, el mapa no es el territorio: “este trabajo lo iniciamos leyendo los proyectos de obras que hay en la Municipalidad, pero lo que realmente necesitás para entrar en contacto con lo que estás analizando es salir y conocer. Caminar los arroyos, sacar fotos, ver las situaciones de contaminación y las obras realizadas. Ahí reconocés el nivel de la problemática y tomás conciencia de que hay que hacer algo”.

Además, el integrante de Cauce destaca la importancia del acceso a la información y que, para que abordar los arroyos, no haya que investigar desde cero. “Queremos  generar un mapeo con contenidos audiovisuales que le permitan a la ciudadanía conocer el estado de los arroyos, qué vecinales pertenecen a cada cuenca y desde ahí promover que se creen los comités”.

 

Al ver verás

Como el agua, la pregunta insiste: ¿Qué ciudad podemos imaginar? Una que se piense a sí misma con sus arroyos y no contra ellos. Que los trate como corredores bioculturales y no como desagües. Que priorice el ambiente, la salud y la participación ciudadana por sobre el rédito económico. Que aborde los problemas desde su complejidad y no con reduccionismos o parches. Que se preocupe por la dignidad de la vida de sus habitantes. Que mire para adelante sin chocarse la puerta. Y que también mire a su alrededor, con esa vista atrofiada que el agua que pasa bajo nuestros pies nos reaviva.

 

 

 

 

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